Como para cortar un poco el rollo, tenía pensado hacer (tengo pensado hacer desde un mes y pico y nunca lo hago) un ensayito sobre literatura argentina. ¿Motivación?: El fantasma imperfecto de Juan Carlos Martini. Me habían dicho de este libro que contaba entre sus páginas con la mejor fellatio de la literatura argentina. De entrada lo otorgo porque no recuerdo demasiadas chupadas de pija en las letras argentinas (salvo la de El niño proletario que no juega en esta liga). La de El fantasma imperfecto es una escena mórbida y fragmentada, eso sí: mientras una mina se la chupa en la cabina de teléfono, Juan Minelli habla con, o mejor dicho escucha, del otro lado de la línea a una amiga y amante de la mujer que le está -como dirían en mi barrio- practicando el sexo oral. Eso se resume en que ni lo relata la mujer que tiene la boca llena, ni lo relata Minelli que claramente no puede pensar en nada, sino que lo cuenta la única persona que no lo está viendo ni sintiendo. Es claramente una buena e inquietante escena.
Pero la cuestión es que toda la novela de Juan Carlos Martini es inquietante, precisa, pero no deslumbrante. La leí en un día en una isla en el Tigre (un lugar que, creo, resultó muy propicio considerando el hecho de que Minelli, a su manera, también está encerrado en un aeropuerto), y mientras la leía me preguntaba si todos los santafesinos tendían a escribir como el entrerriano Juan L. En fin, comparaciones aparte con Juan José Saer, había algo más en esta novela que me representaba de una forma muy sencilla algo de la literatura argentina de mediados de siglo. Hoy, ya, dos meses después de haberla leído, no estoy tan seguro de poder desarrollarlo teóricamente, pero se trata de una característica que el policial da por acabada y expone en primer plano.
El fantasma impertecto se mueve gracias a la sospecha. Algo como la teoría del iceberg de Hemingway y los recuerdos de guerra de Nick, pero más abocado a la paranoia sudaca. En su momento, recuerdo, se me ocurrieron muchísimos ejemplos de los que ahora no estoy tan seguro: desde Casa tomada (lógico), pasando por Nadie nada nunca (obvio) hasta Los pichiciegos (aunque supongo que Fogwill me crucificaría). Mi idea era sacarme de encima el policial y sus discusiones de género para proponer una literatura argentina que hace de la sospecha su motor, su máquina deseante; una literatura tiernamente paranoica, para eludir, de paso cañazo, el "fantástico", "realismo mágicos", "realismo fantástico" y todas sus derivaciones horrendas. Digamos, literatura de sospecha no como un género o una cualidad estilística-formal sino como una manera de pensar la creación artística de forma inacabada, no cerrada.
Literatura que genera dudas y parece incompleta, trunca, paranoica (insisto con la paranoia porque si el "ser argentino" existe, además de peronista, es paranoico). Lo cierto es que hoy ya no estoy tan seguro - y me reto a mí mismo por no sentarme a escribir apenas tengo las ideas-, y no sé si todo eso puede llegar a algún lado. Pero alcanza para acompañar al libro de Martini. Sospecho que está bien.
*Fotos by Mags
Pero la cuestión es que toda la novela de Juan Carlos Martini es inquietante, precisa, pero no deslumbrante. La leí en un día en una isla en el Tigre (un lugar que, creo, resultó muy propicio considerando el hecho de que Minelli, a su manera, también está encerrado en un aeropuerto), y mientras la leía me preguntaba si todos los santafesinos tendían a escribir como el entrerriano Juan L. En fin, comparaciones aparte con Juan José Saer, había algo más en esta novela que me representaba de una forma muy sencilla algo de la literatura argentina de mediados de siglo. Hoy, ya, dos meses después de haberla leído, no estoy tan seguro de poder desarrollarlo teóricamente, pero se trata de una característica que el policial da por acabada y expone en primer plano.
El fantasma impertecto se mueve gracias a la sospecha. Algo como la teoría del iceberg de Hemingway y los recuerdos de guerra de Nick, pero más abocado a la paranoia sudaca. En su momento, recuerdo, se me ocurrieron muchísimos ejemplos de los que ahora no estoy tan seguro: desde Casa tomada (lógico), pasando por Nadie nada nunca (obvio) hasta Los pichiciegos (aunque supongo que Fogwill me crucificaría). Mi idea era sacarme de encima el policial y sus discusiones de género para proponer una literatura argentina que hace de la sospecha su motor, su máquina deseante; una literatura tiernamente paranoica, para eludir, de paso cañazo, el "fantástico", "realismo mágicos", "realismo fantástico" y todas sus derivaciones horrendas. Digamos, literatura de sospecha no como un género o una cualidad estilística-formal sino como una manera de pensar la creación artística de forma inacabada, no cerrada.
Literatura que genera dudas y parece incompleta, trunca, paranoica (insisto con la paranoia porque si el "ser argentino" existe, además de peronista, es paranoico). Lo cierto es que hoy ya no estoy tan seguro - y me reto a mí mismo por no sentarme a escribir apenas tengo las ideas-, y no sé si todo eso puede llegar a algún lado. Pero alcanza para acompañar al libro de Martini. Sospecho que está bien.
*Fotos by Mags

3 comentarios:
Varias cosas.
Primero, estoy leyendo Colonia de Juan Martini y tengo Cine para empezar próximamente. Veremos si puedo aportar algo a tus ideas paranoicas, que (dicho sea de paso) me parecen bastante atinadas para el fantasma imperfecto.
Por otro lado, sé que, al menos en lo que tiene que ver conmigo, no doy con el target para ser cool. Pero no me molesta: es parte de mi encanto.
Buen post, Eze. Me gustó lo de "literatura de la sospecha" como vía de escape a las caegorías literarias para dar cuenta de esos textos que dejan una sospecha, valga la redundancia, de que algo está sucediendo, de que algo acecha pero no terminan de definir qué es ese algo. Abrazo!
Pero el Juan Martini de Cine es el mismo Juan Martini? En algún momento, y por alguna razón yo pensé que no!! Soy un desastre. Y cómo es que te compraste un EC? Después lo quiero!.
Gracias, Matías. Me alegro que guste mi idea. Yo quiero ser como Sarlo, inventar conceptos transgenéricos, y hacerme famoso porque otros los desarrollen adjudicandome el mérito.
Desde ya te digo que Constantini era un posible ejemplo.
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