¡Atención! Los cieguitos dicen:
No hay, nunca, motivos para no manifestarse. Y la inauguración de nuestro tercer centenar de posts (un poco atrasada, tal vez, pero dicen que la intención es lo que cuenta: tarde pero seguro) nos pareció una buena ocasión para aprovechar que esos motivos no existen y hacer uso del derecho al boludeo que nos dan la banda ancha y sus apóstoles, que la ponen en ¿oferta?
América Latina no entra en un mapa ni tampoco, desgraciadamente, en una bandera con la cara del Che. Nos aburren bastante, como a todos, los amigos que nos escriben desde Europa. No hay nada de malo en el Atlántico, pero la diferencia es grande. Aceptémoslo: les hablamos con la ilusión de que nos alojen (waii). Y eso, probablemente, nunca suceda.
Algún día – que sea pronto, por favor - habría que hacer algo con las viejas que van al Coto (y más aun con las de Jumbo o Carrefour). Tal vez un cursito de verano que se intitule: Señora, Buenos Aires no pertenece al primer mundo, póngale onda. No sé si a nosotros nos gusta Buenos Aires, pero ¿no sería lo mismo al final de cuentas? Cuando La Diferencia existe, no hay razón para mirar primero una cosa y después la otra; que el orden no sea, nunca, ni éste ni el de más allá.
No vamos a quedarnos sin texto bajo el que cobijarnos. Nada de aceptar predeterminaciones genéricas: un rascacielos no será tal cosa hasta que no hayamos llegado al último piso y dejado la huella de nuestros culitos en una nube. La relectura es un fenómeno maravilloso y la fijación de un sentido, tengamos en cuenta, no se logra sino a través de una lucha violenta en la cual, probablemente, esté involucrada alguna mafia.
Cuando queremos adorar a nuestros dioses hacemos libaciones, miramos hacia abajo. Ofrendamos la tuca a la Pacha Mama. No cuidamos a la naturaleza: la adoramos para que no se deshaga de nosotros.
Lo real es azaroso y se escapa cada vez que, tanteando, le querés poner una mano encima. Imaginar - agregar sueño a lo real y dejar en evidencia que todo, siempre, es semblante (y gracias al cielo que lo es: ¡imagínense si no!)- no muestra la diferencia ni produce la ascesis. Pero es lo poco que le queda a un ciego sin bastón para moverse entre sombras fantasmales y luces de estrellas muertas.
El prado de nuestras cabezas, el que no nos deja dormir, continúa siempre en la almohada. Y el algodón entonces vira a verde. Un conejo aparece por la derecha y un caracol se nos dibuja en la oreja. Ese silencio maleable y provisorio que se escucha en los pocos segundos entre un tema y el otro persiste durante todos los instantes escribientes. Lo que está en el hiato, lo que no es ni una cosa ni la otra, eso que es nada: un ciego sin manos, un fantasma en la luz del día.
Es la Caverna, otra vez (pero en la posmodernidad o algo parecido). Librados de las cadenas que nos condenaban, de espaldas a la luz -a la ley-, a mirar las sombras que nosotros mismos reflejábamos sobre la pared, libres por fin, en vez de encarar la puerta con la velocidad de un F1 nos hundimos en las sombras y nos perdemos en la oscuridad, tierra adentro.
Es muy claro: después de haber estado encadenados ¿por qué encandilarnos?, ¿no habíamos estado condenados a mirar y mirar –las sombras en la pared?, ¿no es preferible la aventura a la videncia?, ¿no es preferible vivir mil veces en sueños oscuros que ponerse a hacer distinciones inoperantes e inciertas?
Ojo, ojo, que hubo un tiempo que fue hermoso, Palermo era libre de verdad. O no, pero lo parecía, y seguramente eso es lo que importa. Fumábamos churro en la plazoleta, había birra barata y ninguna señal de La Cultura (LC, ya que somos todos tan adeptos a las siglas y que éstas, dios las salve, dan seriedad a cualquier fenómeno de matineé) . Puro patinar hacia delante. Ahora, en las anchas veredas, todos tenemos que ser condenadamente objetivos e inescapablemente argentontos. Hay que apreciar la belleza y ponerse los lentes de sol en las tardes húmedas. Pero de algo estamos seguros (y contra esto sí que no hay puntos de vista o consolaciones informativas). Es puro como la pala colombiana y objetivo como no lo es el Grupo Clarín: hay gente que escribe bien y hay gente que escribe mal. Y hay quienes, buenos o malos, cooles o marginales, se divierten, como nosOtros. Somos, tal vez, algo así como una zapada entre un hippie, un rockero, un rastamufa y un chalchalero que, ebrios y abrazados, cantan y tocan descordinadamente antes del amanecer.
Es tanto más fácil dejarse morir en esas historias que nos contamos todos los días. Y tanto más divertido mentirnos con un poco más de gracia. Y tanto mejor que decir preferiría no hacerlo.
EN el cieguito
No hay, nunca, motivos para no manifestarse. Y la inauguración de nuestro tercer centenar de posts (un poco atrasada, tal vez, pero dicen que la intención es lo que cuenta: tarde pero seguro) nos pareció una buena ocasión para aprovechar que esos motivos no existen y hacer uso del derecho al boludeo que nos dan la banda ancha y sus apóstoles, que la ponen en ¿oferta?
América Latina no entra en un mapa ni tampoco, desgraciadamente, en una bandera con la cara del Che. Nos aburren bastante, como a todos, los amigos que nos escriben desde Europa. No hay nada de malo en el Atlántico, pero la diferencia es grande. Aceptémoslo: les hablamos con la ilusión de que nos alojen (waii). Y eso, probablemente, nunca suceda.
Algún día – que sea pronto, por favor - habría que hacer algo con las viejas que van al Coto (y más aun con las de Jumbo o Carrefour). Tal vez un cursito de verano que se intitule: Señora, Buenos Aires no pertenece al primer mundo, póngale onda. No sé si a nosotros nos gusta Buenos Aires, pero ¿no sería lo mismo al final de cuentas? Cuando La Diferencia existe, no hay razón para mirar primero una cosa y después la otra; que el orden no sea, nunca, ni éste ni el de más allá.
No vamos a quedarnos sin texto bajo el que cobijarnos. Nada de aceptar predeterminaciones genéricas: un rascacielos no será tal cosa hasta que no hayamos llegado al último piso y dejado la huella de nuestros culitos en una nube. La relectura es un fenómeno maravilloso y la fijación de un sentido, tengamos en cuenta, no se logra sino a través de una lucha violenta en la cual, probablemente, esté involucrada alguna mafia.
Cuando queremos adorar a nuestros dioses hacemos libaciones, miramos hacia abajo. Ofrendamos la tuca a la Pacha Mama. No cuidamos a la naturaleza: la adoramos para que no se deshaga de nosotros.
Lo real es azaroso y se escapa cada vez que, tanteando, le querés poner una mano encima. Imaginar - agregar sueño a lo real y dejar en evidencia que todo, siempre, es semblante (y gracias al cielo que lo es: ¡imagínense si no!)- no muestra la diferencia ni produce la ascesis. Pero es lo poco que le queda a un ciego sin bastón para moverse entre sombras fantasmales y luces de estrellas muertas.
El prado de nuestras cabezas, el que no nos deja dormir, continúa siempre en la almohada. Y el algodón entonces vira a verde. Un conejo aparece por la derecha y un caracol se nos dibuja en la oreja. Ese silencio maleable y provisorio que se escucha en los pocos segundos entre un tema y el otro persiste durante todos los instantes escribientes. Lo que está en el hiato, lo que no es ni una cosa ni la otra, eso que es nada: un ciego sin manos, un fantasma en la luz del día.
Es la Caverna, otra vez (pero en la posmodernidad o algo parecido). Librados de las cadenas que nos condenaban, de espaldas a la luz -a la ley-, a mirar las sombras que nosotros mismos reflejábamos sobre la pared, libres por fin, en vez de encarar la puerta con la velocidad de un F1 nos hundimos en las sombras y nos perdemos en la oscuridad, tierra adentro.
Es muy claro: después de haber estado encadenados ¿por qué encandilarnos?, ¿no habíamos estado condenados a mirar y mirar –las sombras en la pared?, ¿no es preferible la aventura a la videncia?, ¿no es preferible vivir mil veces en sueños oscuros que ponerse a hacer distinciones inoperantes e inciertas?
Ojo, ojo, que hubo un tiempo que fue hermoso, Palermo era libre de verdad. O no, pero lo parecía, y seguramente eso es lo que importa. Fumábamos churro en la plazoleta, había birra barata y ninguna señal de La Cultura (LC, ya que somos todos tan adeptos a las siglas y que éstas, dios las salve, dan seriedad a cualquier fenómeno de matineé) . Puro patinar hacia delante. Ahora, en las anchas veredas, todos tenemos que ser condenadamente objetivos e inescapablemente argentontos. Hay que apreciar la belleza y ponerse los lentes de sol en las tardes húmedas. Pero de algo estamos seguros (y contra esto sí que no hay puntos de vista o consolaciones informativas). Es puro como la pala colombiana y objetivo como no lo es el Grupo Clarín: hay gente que escribe bien y hay gente que escribe mal. Y hay quienes, buenos o malos, cooles o marginales, se divierten, como nosOtros. Somos, tal vez, algo así como una zapada entre un hippie, un rockero, un rastamufa y un chalchalero que, ebrios y abrazados, cantan y tocan descordinadamente antes del amanecer.
Es tanto más fácil dejarse morir en esas historias que nos contamos todos los días. Y tanto más divertido mentirnos con un poco más de gracia. Y tanto mejor que decir preferiría no hacerlo.
EN el cieguito

11 comentarios:
qué lindo ni.
yo soy el chalchalero.
un chalchalero no es un rolling stone.
es de los dos, eh, ojito.
Sumemosle un Los cieguitos creen o algo por el estilo al principio.
Te gustaron los subrayados, nin?
mucho mucho. lo dejaste fetén fetén. bueno, el EN supuestamente era para que marcar que el texto es de los dos. pero se ve que no quedó muy claro.
Y no. Creo que casi que no había ni razón para suponerlo. Vos también, no se las dejás fácil. Abusás de tu pensamiento lateral, lo mismo que el "alojen (waii)".
bueeeeeeeeeeeeeeeeeeno, che. lo cambio.
nos re dejaron afuera
Vos te dejás afuera sola, Belu!!!
aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaay
Sí, che. Ponéte las piletas y escribí!
no quiero tapar el texto este todavía.
bueno, va.
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